- INFORMACIÓN: 2min (Minho x Taemin) --> SHINee [YAOI]
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Me desperté como cualquier día, aunque por un momento lamenté no haberme quedado dormido para siempre. Mi vida se había hundido de un momento para otro. ¿Se puede saber qué narices había ocurrido? No me sentía bien con nadie, ni si quiera conmigo mismo. ¿Qué me quedaba? Nada. Absolutamente nada. Ni familiares, ni amigos... ni nada. Bueno, sí, ahí estaba Key, aunque más que un amigo era un hermano, y aún así no teníamos la misma relación que antes. ¿Por qué? ¿Por qué había cambiado todo de esa manera? No aguantaba más, no podía seguir con esos pensamientos en la cabeza. Me di una rápida ducha, me vestí de forma sencilla y, todavía con los mechones del cabello goteando, salí de mi apartamento. De ese silencioso, aburrido y deprimente apartamento. Estar solo todas las noches... qué vida más triste. Sin saber cómo, fui a parar a un parque que no había visto nunca. Sí había pasado varias veces por ese lugar, pero no debí de reparar nunca en él. Me senté en un banco y me puse los auriculares, quizás ese se convertiría en mi nuevo lugar para desconectar del resto de la humanidad y relajarme. Miré la hora y me sorprendí, todavía eran las once, ¿tan temprano había salido de casa?
Cerré los ojos y estuve a punto de quedarme dormido, pero noté la presencia de alguien y me sobresalté.
—Oh, lo siento... ¿te he despertado?
A mi lado estaba sentado un chico alto, con el pelo no muy corto y de color negro, que parecía estar muy bien cuidado.
—¿Qui...quién eres? —todavía estaba algo estático— ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
Él sonrió, y se quedó en silencio por unos segundos que resultaron un tanto incómodos para mí.
—El tiempo suficiente como para saber que pones un volumen bastante alto en tus auriculares —sonrió de nuevo—, han pasado un par de canciones desde que estoy aquí.
—No has contestado a la primera pregunta.
—¿Que quién soy? —alzó la mirada— Eres tú el extraño aquí, éste es mi lugar de pensar desde hace ya un par de años —iba a contestar, pero me interrumpió—. Aunque si quieres lo compartimos.
Definitivamente a ese chico le faltaba un hervor. Seguía mirándome, esperando una respuesta que no obtuvo. No habituaba a hablar con tanta confianza con alguien a quien acababa de conocer.
—Minho —hizo una pausa—, ¿y tú eres?
—Ta-Taemin. —¿Por qué tartamudeaba? ¿Se podía saber qué me pasaba?
—¿Y bien? —sonreí extrañado, no sabía a qué se refería— ¿Quieres que compartamos este lugar?
¿Estaba hablando en serio? Genial, salía de casa para relajarme y aparecía un loco en mi vida. Pero la verdad era que... aquel loco me había hecho sonreír.
—¿Te has quedado mudo de repente? —se mordió el labio inferior y se levantó— Bueno, yo ya te he invitado. Sabes donde encontrarme.
Y dicho eso se fue. ¿Quién era ese individuo? Y lo más importante... ¿Por qué me hacía sentir así? Me quedé embobado unos cinco minutos mirando el sitio del que se había levantado, recordando su sonrisa. ¿Estaría allí por la tarde? Solo había una forma de averiguarlo. Llevaba media hora echado en el sofá, dándole vueltas a la cabeza. Decidí adecentarme un poco para volver al mismo parque, deseando con todas mis fuerzas encontrármelo allí. Llegué a eso de las cinco, pero no había nadie. Me entristecí, y me enfadé conmigo mismo. Me quedé de pie en frente del banco, nuestro banco, con la mirada perdida.
—Soy un id... —dije para mí mismo, pero fui interrumpido antes de terminar.
—¿Me buscabas?
Me giré y ahí estaba Minho. Se había cambiado de ropa, esa vez llevaba unos pantalones bastante ajustados, lo observé y no dudé en que le quedaban genial.
—¿A quién? ¿A ti? No. —mentí.
—¿Y por qué eres un idiota?
Mierda, me ha escuchado. No supe que contestar, me di media vuelta decidido a marcharme algo avergonzado, pero una mano me detuvo.
—Yo sí te buscaba.
Y se me paró el corazón. ¿Qué acababa de decir exactamente ese loco? Aunque una parte de mí estaba deseando escuchar eso. Nos sentamos y nos pasamos toda la tarde hablando, de todo y de nada. Me sentía bien estando con él, a pesar de que sólo fuese un desconocido. No me contó mucho sobre él, y tampoco fue necesario que yo diese detalles sobre mi vida. Lo único que sabíamos era que nos agradaba estar juntos. Y así pasaron los días. Estando mañana y tarde con él, disfrutando de cada minuto, de cada momento que pasábamos juntos. Pero una mañana no vino, ni a la tarde, ni al día siguiente, ni al siguiente más. ¿Qué había pasado? Me preocupé, de veras que lo hice. Además, no tenía su número, ni sabía donde vivía, ni tenía manera posible de localizarlo. La angustia me estaba matando hasta el punto de llegar a la desesperación. Perdí la esperanza, perdí todo, y me quedé en casa durante los días siguientes. No quería volver a encontrarme aquel banco vacío. No quería volver a recordarlo, ni a él, ni a su sonrisa, ni a sus tonterías, ni a su forma de alegrarme el día... No quería saber nada de nadie. Él era todo lo que tenía, y de un día para otro había desaparecido de mi vida. Pasó una semana y yo seguía encerrado en casa, con el teléfono encendido con la irónica esperanza de recibir una llamada de alguien que ni si quiera tenía mi número. Y de repente alguien tocó el timbre. Imposible.
—Sorpresa. —creí que me iba a dar un infarto.
Del enfado que tenía encima, le cerré la puerta en las narices. ¿Quién se creía que era? ¿Desaparece y vuelve como si nada hubiese ocurrido?
—Tae... escúchame... —dijo desde el otro lado de la puerta.
—¿Qué quieres? —tenía ganas de llorar.
—Déjame pasar y te explico —hizo una breve pausa, pude escuchar sus sollozos—, por favor.
Abrí la puerta con la mirada clavada en el suelo, no quería verle, no quería hablarle, pero me moría por saber la razón por la que había desaparecido sin más. La cerré y me senté en la cocina, todavía sin cruzar mis ojos con los suyos. Se sentó en frente de mí y me cogió la mano.